Mi conexión con el Holocausto

Por Casto Ocando* 

La obra del pintor venezolano Angel Contín Crasto, un artista plástico con más de 30 años de trayectoria ha experimentado todos los extremos del espectro luminoso, desde un despliegue ilimitado de vivos matices en sus obras más tempranas, hasta gradaciones de tonalidades más oscuras en su producción más reciente. En esta última etapa se inscribe esta colección de obras que constituyen uno de los registros pictóricos más dramáticos de la plástica venezolana de las últimas décadas. 

No es el valor comercial de su trabajo ni el empeño por labrarse un nombre lo que impulsa a este artista nacido en 1951 en la ciudad de Coro, una de las urbes más antiguas del continente. Desde finales del siglo pasado, lo suyo es una sola obsesión. Una tragedia universal, un genocidio sistemático que lo cautivó por primera vez a mediados de la década de los 70: la matanza calculada de millones de judíos organizada por Hitler en la Segunda Guerra Mundial, un episodio mejor conocido como el Holocausto. 

Para Contín es irrelevante que este episodio histórico, cuya brutalidad lo impulsó, tras una larga meditación personal, a emprender una cruda interpretación a través de su arte, ocurriera mucho tiempo atrás, entre 1939 y 1945, en la etapa apocalíptica del llamado Tercer Reich, el reino de terror implantado por Adolfo Hitler. 

“Siempre pensé que no podía terminar el siglo XX sin que le rindiera un homenaje a estos seres humanos que vivieron el horror de un extermino sin precedentes en la historia”, confiesa el artista. 

Las primeras historias del Holocausto causaron una impresión indeleble en Contín en primer lugar de una forma visual, a través de desgarradoras imágenes recopiladas en varias publicaciones que comenzó a estudiar en 1977, un elemento que está claramente incorporado en varias piezas de esta colección. 

“Me impactaron mucho las fotografías reales del Holocausto, donde se puede observar las condiciones infrahumanas que sufrieron estas personas, un trato repugnante al ser humano”, explica. 

Una preocupación en particular lo impulsó para contribuir a mantener viva la memoria del exterminio judío: los llamados negadores del Holocausto. 

“Estos negadores opinan que Auschwitz no fue un campo de extermino sino un campo de trabajos forzados, y que el genocidio judío perpetrado por los Nazis es ‘la mayor y más persistente mentira de la historia’. Pero la verdad es que el exterminio de los judíos ha sido investigado y confirmado históricamente”, subrayó. 

Contín también quedó cautivado por las historias de artistas que se convirtieron en prisioneros del horror de la campaña de extermino nazi, a quienes particularmente dirige su homenaje. Por ejemplo, la historia del polaco Simon Pullmann, un extraordinario conductor de orquestas que quedó atrapado cuando visitaba el Gueto de Varsovia momentos antes que los alemanes invadieran Polonia, a fines de 1939. Se convirtió en el director de la Orquesta Sinfónica del Gueto hasta que murió, junto a todos sus compañeros músicos, entre ellos el joven violinista Ludwik Holcman, en el campo de concentración de Treblinka en 1944. 

También le impactaron las historias de Marysia Afzensztat, conocida como el “Ruiseñor del Gueto”, hija del director de la coral de la Sinagoga de Varsovia, asesinada durante el exterminio nazi; la del director de Coro Infantil Israel Fajwiszys, ejecutado en el campo de concentración de Poniatowa, en Polonia; y la del artista plástico Félix Frydman, ejecutado en Treblinka, también en Polonia. 

Contín dedicó una de las obras más simbólicas a otra notable víctima judía del Holocausto: La diarista alemana Ana Frank. 

“Ana Frank nos enriquece, nos enseña, nos lleva a la purificación del alma. Supo con sabiduría divina llevar sus dolores y penas cuando en su tribulación nos dice que sigue creyendo ‘en la bondad íntima del hombre, a pesar de todo’”, afirma. 

Finalmente, Contín registra el testimonio de Helga Deen, una diarista alemana como Ana Frank que murió en el campo de concentración de Sobibor, Polonia. Deen dejó estas palabras grabadas en la obra de Contín: “Me siento tan única. Cada día vemos la libertad detrás de los alambres de espinos. Es demasiado. No puedo más y mañana, de nuevo. Pero quiero poder, quiero, porque si mi voluntad muere, muero también”.

RAÍCES JUDÍAS FAMILIARES

Pero, ¿de dónde vino todo el interés y la motivación profunda que llevó a este artista venezolano al redescubrimiento tardío del Holocausto y la inspiración para dedicarle a este tema casi dos décadas de vida artística? 

La explicación proviene en parte de las raíces familiares de Contín Crasto. “La fe de los judíos es una fe que también está conectada a mis antepasados”, asegura. 

Su abuelo por parte de madre, David Crasto, fue un inmigrante judío que vino a Venezuela probablemente en la segunda mitad del siglo 19, nacido en Curazao y de nacionalidad holandesa. Curazao era una isla con una importante población de judíos Sefardíes que habían llegado de Holanda en oleadas sucesivas al menos desde mediados del siglo 17. David Crasto era sastre y tenía su residencia en Coro, donde falleció a la edad de 68 años. 

De hecho la familia Crasto está conectada con un largo linaje de importantes líderes religiosos y empresariales judíos de origen Sefardí que se establecieron en Curazao provenientes de Holanda, de acuerdo los más acreditados investigadores del judaísmo en las Antillas Holandesas, los esposos Isaac y Suzanne Emmanuel. 

Uno de los primeros grupos del clan familiar, los Namías de Crasto, llegaron a Curazao como colonos provenientes de Amsterdam en fecha tan temprana como 1681, de acuerdo a los registros notariales de esa ciudad. Estos colonos se dedicaron primordialmente al comercio marítimo y a las responsabilidades del gobierno religioso. Uno de los miembros de la estirpe, Eliau Namías de Crasto, es identificado en 1683 como presidente de la Congregación Mikvé Israel, la primera comunidad judía fundada en Curazao. 

“Los Namías Crasto aparecen en la recolección de fondos para la primera sinagoga de Curazao”, relata Contín. “Más adelante Eliau Namías de Crasto regaló una corona Torah de plata, y su padre ofrendó como herencia otra para adornar el scroll (rollo) de la Ley. La sinagoga estuvo magníficamente adornada, para la gloria de Dios”, detalla el artista. 

El origen judío sefardí de su familia, lo conectó al sufrimiento del pueblo judío durante el Holocausto. 

Para Contín, “el dolor sufrido por gente inocente, cuyo único delito era ser judío, me han dado fuerzas para decir que hechos como estos nunca más deben repetirse”. 

“Si todos dedicáramos un poco de tiempo de nuestras vidas y conociéramos más sobre la realidad de lo que allí sucedió, eso solo me bastaría”, acota. 

“Doy gracias al Eterno de lo que he logrado en memoria de las víctimas del Holocausto, esa fe que me ha motivado y el dolor sufrido por millones de judíos, gente inocente que fue dominada por el odio.”

LA MUERTE DE UN PUEBLO

Un símbolo que quedó grabado para siempre en la mente y la obra de Contín Crasto es un número: 195362. Se repite en cuadros y murales. Se trata de una cifra que los Nazis tatuaron en el brazo de un judío anónimo, y que presumiblemente murió en un campo de concentración. “Es un número que perteneció a alguien real”, asegura el artista, que lo extrajo de uno de los libros que leyó sobre el tema en los 70. El judío marcado en esa cifra fue uno de los 202,499 hombres de origen semita que fueron tatuados por los Nazis entre 1940 y 1945, parte del sistema estadístico y de control que usaron en la maquinaria del exterminio que acabó con la vida de millones de seres humanos. 

Al artista plástico le tomó más de dos décadas procesar toda la densidad simbólica del Holocausto, antes de trazar su primera pincelada sobre el tema. En la década de los 90 del siglo pasado, Contín comenzó a estudiar la técnica y los materiales que iba a emplear para reflejar en el lienzo su interpretación del evento. 

Cuando se sintió preparado, organizó su primera exploración plástica en forma de un complejo rompecabezas de 42 piezas. Cada pieza reflejó un elemento simbólico vinculado al Holocausto. El resultado fue el primer cuadro de 2 por 3 metros, que tituló “La muerte de un pueblo”. 

“El primer cuadro es una serie de imágenes ensambladas que reflejan diversos símbolos del Holocausto. Instrumentos musicales como piano y flauta, hornos crematorios, túneles, sinagogas, una paloma mutilada, uniformes de los presos, y el gas Zyklon B, usado para labores de extermino”, comenta. 

Con esta primera obra, terminada en 1999, Contín comenzó su trabajo serial dedicado al Holocausto que, asegura, aún no ha culminado. En los años siguientes continuó complementando la colección con más de 30 nuevas creaciones, la más reciente de las cuales, la serie titulada “Negro, blanco, luz y sombra”, fue terminada a fines de 2016. 

El pintor usó materiales en función del tema, el efecto buscado y la disponibilidad en el mercado local, debido a la escasez que afecta a Venezuela desde hace varios años. Entre ellos, listones de madera rústica y alambres de púas para simbolizar los campos de concentración; ganchos de hierro forjado; óleos convencionales y pintura de aceite; manto asfáltico y clavos de hierro; lienzos crudos y hasta pego (cemento para baldosas). El resultado es una obra cargada de dramatismo en consonancia con la gravedad del tema. 

Pese a ser una obra impregnada de un fuerte sentido de tragedia, Contín considera que sus cuadros son apenas un reflejo pálido de lo que realmente ocurrió. “Mi pintura”, admite el artista con humildad, “es tan poco lo que representa comparado con la dimensión real de la catástrofe que sufrió ese pueblo”. Pero al mismo tiempo, argumenta que se trata de un medio “para llegar a un público mayor”. 

Porque para el artista, la primera preocupación es transmitir con su trabajo un mensaje que se ha convertido en la misión de su vida. 

“El tema del Holocausto es una obsesión porque amo al pueblo de Israel, y ese sentimiento me une al pueblo judío”, puntualiza Contin.

 El trabajo de Angel Contín Crasto ha recibido diversos reconocimientos. En Venezuela su obra ha sido expuesta en el Museo de Arte Contemporáneo de Coro, una extensión del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber, el más importante de Venezuela. También ha sido expuesta en el Museo de Diseño Carlos Cruz-Diez y el Museo Alejandro Otero, ambos en Caracas; en el Museo Carmelo Fernández del estado Yaracuy, y el Museo Alberto Henríquez de Coro, ubicado en una edificación que sirvió como centro religioso para la antigua comunidad judía de la ciudad. 

En 2011, Contín recibió el Premio Maestro Domingo Chávez, otorgado por el Colectivo Cultural Bariquía, en el estado Falcón, en reconocimiento a su trayectoria artística. En 2016, recibió el Premio a la Excelencia otorgado por el Príncipe Lorenzo de Medici, en el marco de la Feria de Arte del Río Miami. 

Los cuadros de Contín no sólo son “bien detallados”, sino que “logran su objetivo, que es el de no olvidar semejante babarie a la que nuestro pueblo fue sometido”, dijo Samuel Garzón, rabino de la Asociación Israelita de Venezuela, expresando su valoración sobre la exposición “Holocausto”.

 *Periodista y escritor, ganador del Premio Emmy